Segundo paso: ¿para qué?

Una lengua no solo sirve para la comunicación. El polémico Nicholas Wade señaló en cierta ocasión que «si el único propósito del lenguaje fuera la comunicación, este habría permanecido inmutable y todos hablaríamos el mismo idioma». O sea, que a nadie se le habría ocurrido levantar ninguna torre en Babel y todos hablaríamos alguna especie de esperanto. Pero la realidad es muy distinta, y si bien la diversidad lingüística decae conforme progresa la globalización, todavía se hablan más de siete mil lenguas en el planeta (al menos según esta página).

Cada una de ellas posee además una personalidad única e inconfundible. Para demostrarlo, hagamos el siguiente experimento: yo te pongo una lista de nombres propios, y tú debes decir a qué cultura pertenecen. A ver qué tal sale:

  • Gao Xingjian
  • Katsushika Hokusai
  • Giovanni Bononcini
  • Abu Mūsa Ŷābir ibn Hayyan
  • Ixtlilxóchitl

Supongo que te habrá resultado fácil. Como es evidente, el primer nombre es chino, el segundo japonés, el tercero italiano, el cuarto árabe y el último náhuatl, una lengua mexicana descendiente de la de los antiguos aztecas.

A lo que voy con esto, es que además de utilizar las lenguas para comunicarnos, también nos sirven para reforzar la identidad de las culturas. De hecho, la función principal de una lengua artística no es la comunicación, que en realidad la entorpece, sino la de convencernos de que estamos ante una cultura nueva.

Si en una película, en un videojuego o en un cómic aparece un edificio con arcos apuntados y arbotantes, de inmediato lo identificamos con el gótico medieval, y si tiene las esquinas de los tejados curvadas hacia arriba, sabremos que se trata de un edificio oriental. Pero en la literatura no suelen aparecer imágenes, de manera que la única forma que nos queda para comprender que estamos ante una cultura diferente es una lengua desconocida, es decir, que no nos suene ni siquiera a chino.

Sin embargo, y aquí voy a ponerme un poco farruco, en la literatura de fantasía, incluso en la de habla hispana, la mayoría de los nombres que podemos encontrar recuerdan más de lo debido al inglés o incluso al quenya. Y es algo que no me gusta. Cuando en Canción de hielo y fuego, la gran obra de George R. R. Martin, leo nombres como «Robert», «Lannister» o «Bolton» mi imaginación se queda revoloteando por la campiña inglesa en lugar de volar hacia un mundo imaginario. En contraste, cuando me topé por vez primera con Tolkien y leí nombres como «Eriador», «Osgiliath» o «Faramir», nombres que no se parecen a ninguna otra lengua, de forma automática aparecí en la Tierra Media.

Así pues, dale personalidad a tu lengua, añádele sonidos que no existen en español o inglés, combínalos en sílabas imposibles en estas lenguas, y crea palabras con significados originales. ¿Cómo? Sigue leyendo.

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