La lengua más marciana

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Sin salir de nuestro planeta y sin apartarnos de nuestra especie, podemos encontrar una enorme variedad de lenguas donde encontrar inspiración. El inglés, sin ir más lejos, cuenta con muchas diferencias con respecto al español. Es cierto que mucho de su léxico es latino —lo que nos viene estupendamente para aprenderlo—, pero soluciona las conjugaciones verbales de una manera muy diferente. Una expresión como «leeré», que en nuestra lengua tiene la forma de una única palabra, en inglés debe expresarse con tres: «I will read».

A pesar de esto, el inglés es un pariente lejano del español, y ambas lenguas conservan numerosas similitudes. Para encontrarnos con lenguas que nos suenen más extrañas tenemos que explorar más allá de nuestra familia lingüística. El árabe es uno de los idiomas más apreciados por los creadores de ideolenguas; Tolkien y David Peterson, entre otros, quedaron atrapados por sus encantos. Esto se debe a las exóticas raíces de sus palabras. En la mayoría de las lenguas indoeuropeas, como la nuestra, la raíz ocupa la primera parte de la palabra, mientras que el morfema se deja para el final. Así, una palabra como «libro» está compuesta por la raíz «libr-» y el morfema «-o». Cambiándole el morfema conseguimos nuevas palabras como «libr-ito» o «libr-ería». En árabe sucede algo parecido, con la diferencia de que las raíces están descuajaringadas. Me explico: una raíz típica en árabe tiene la forma de tres consonantes, como por ejemplo «k-t-b», que tiene el significado abstracto de «escribir». Los morfemas, por su parte, adoptan multitud de formas diferentes para entrometerse dentro de la raíz. Un morfema en árabe puede ser «-à-a-a» (tercera persona del pasado), de manera que si se coloca en la raíz anterior resulta la palabra «kàtaba» (escribió). Otro morfema es «mi–a-» (donde se realiza la acción), que introducido en la misma raíz nos da «miktab» (escritorio). Original, ¿verdad?

Las raíces del español y del árabe tienen en común en que son dependientes, lo que significa que necesitan algún morfema para poder presentarse en una oración. Nadie en nuestra lengua va diciendo por ahí «libr», como ningún árabeparlante dice «ktb». Sin embargo, en muchas otras lenguas las raíces son independientes y pueden aparecer sin la compañía de morfemas. Una lengua así es el euskera, donde libro es «liburu» (sin rastro de morfemas), y librería es «liburutegi».

Este tipo de idiomas se conocen como aglutinantes, debido a que los morfemas se aglutinan (se pegan) a la raíz sin modificarla de ninguna manera. Otro ejemplo es el finés, cuya principal peculiaridad es que en todas y cada una de sus palabras el acento cae irremediablemente en la primera sílaba. Esto es algo muy exótico para nosotros, pues el acento nos sirve para distinguir palabras con los mismos fonemas. Tal es el caso de «ánimo», «animo» y «animó».

Pero si hay una lengua que se lleva de largo el título de ser la más marciana para los hispanohablantes, esa es sin duda el chino. Y por muchas razones. Para empezar, es una lengua tonal, algo que, si no sabes lo que es, te recomiendo que vayas a por una aspirina para el inevitable dolor de cabeza que se te avecina. Observa la siguiente oración en chino: «mā mà má mǎ ma». No, no se trata de una versión oriental del clásico «mi mamá me mima», sino que significa algo parecido a «¿la madre regaña al caballo de sésamo?». Esta oración tiene tan poco sentido en chino como en español, pero suele mencionarse a menudo para entender qué demonios es eso de una lengua tonal. El acento agudo o «´» significa que la palabra debe pronunciarse con tono ascendente, o sea, como si fuese una pregunta en español: ¿má? Las palabras con acento grave o «`» se deben pronunciar con un tono descendente, como si fuese una exclamación: ¡mà! Con el macrón o «ˉ», la palabra debe leerse con tono alto, que es como un pitido. El anticircunflejo o «ˇ» es una mezcla de los dos primeros, es decir, hay que comenzar descendiendo el tono para después ascenderlo, algo similar a esto: «¡ma!¿a?» El último «ma» de la oración, al estar libre de tildes, se pronuncia con tono neutro, tal y como lo haríamos nosotros. (Pincha aquí para escuchar cada uno de los tonos).

Los diferentes tonos en chino son tan importantes como el acento de intensidad en el español, pues sirve para distinguir palabras con los mismos fonemas. Esta es la principal razón por la que esta lengua es tan difícil para la mayoría de los extranjeros.

Pero las sorpresas del chino todavía no han acabado. Otra cosa que nos suele dejar con la boca abierta es que se trata de una lengua aislante, lo que significa que casi todas sus palabras son monosilábicas. Asimismo, la información gramatical que en español se marca con sufijos, como la «-s» del plural o los diferentes tiempos verbales, o bien se obvia o, si es imprescindible, se marca por medio de otras palabras independientes. Una expresión como «leeré» se diría en chino de un modo similar a «yo lectura mañana»… un ejemplo que, al menos en este caso, recuerda al inglés.

Ahora bien, si el chino es la lengua más exótica, sorprendente y, en definitiva, más marciana para los hispanohablantes, ¿el español es lo más marciano que puede escuchar un chino? Pues parece que no. El latín, por ejemplo, podría resultarles más extraño si cabe. El español aún resuelve algunas cosejas al modo chino, con diversas palabras independientes. Es el caso de la expresión «de la rosa», donde una preposición y un artículo acompañan al sustantivo. Pero en latín esta misma expresión se decía escuetamente así: «rosae». Esto se debe a que el latín declinaba sus sustantivos, lo que significa aproximadamente que allí donde el español utiliza preposiciones, el latín utilizaba sufijos.

Las declinaciones permiten resolver con pocas palabras oraciones que en español requieren una buena retahíla. La oración «los despreciables puntos de los dados obligan al buen jugador a depender del azar» se traduciría al latín con solo seis términos: «invida puncta iubent felice ludere doctum».

No obstante, todavía hay lenguas que saben ahorrar más todavía. Las lenguas polisintéticas son capaces de construir oraciones enrevesadamente complejas con una única palabra. Por si no te lo crees, ahí va un ejemplo en groenlandés occidental: «aliikusersuillammassuaanerartassagaluarpaalli», que significa todo esto: «ellos dicen que es un gran artista, pero…». Si te has quedado de piedra, que estás acostumbrado a conjugaciones como «comprendieron», que te dice que se trata de un verbo, en tercera persona, del plural, del tiempo pasado, del aspecto perfecto y del modo indicativo, imagínate cómo se habrá quedado un chino, habituado a palabras monosilábicas y que solo aportan un único dato gramatical.

Por consiguiente, sobre qué lengua hablan los marcianos, la respuesta dependerá de quien se la imagine; un hispanohablante dirá que algo parecido al chino, mientras que un chino responderá que algo parecido al groenlandés. ¿Y un groenlandés? Creo que también pensaría en el chino.

Cómo crear una lengua, Editorial Berenice.

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3 comentarios en “La lengua más marciana

  1. Yo soy más de imaginarme lenguas sin vocales o casi o sólo de vocales; aunque poner que los marcianos hablan una lengua polisintética también se me pasó por la cabeza, aunque acabé por dejarlo en que eso sólo lo harían en registro cultos o solemnes. Yo lo que me pregunto es cuándo hace el groenlandés una pausa para respirar en medio de esa palabra. Un interesante resumen de la percepción lingüística de lo extraño que resulta una lengua según los presupuestos de base.

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  2. Pingback: Una nueva lengua: prosodia | Cómo Crear una Lengua

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