¿Hay lenguas mejores que otras?

Prescriptivismo

Por si os aburríais con este blog, a continuación viene un poco de polémica porque hoy toca hablar de la lingüística prescriptiva. A decir verdad, la polémica apenas existe entre la élite de los lingüistas científicos porque el prescriptivismo ha sido desmontado. Sin embargo, todavía se mantiene vivito y coleando en diversos círculos.

¿En qué consiste esto del prescriptivismo? Pues ni más ni menos en la creencia de que existen idiomas, dialectos o expresiones superiores e inferiores. La idea de que el inglés fue mejorado gracias a la poderosa influencia del francés durante la Edad Media, y de que el francés —y casi cualquier otra lengua— está en peligro por la creciente influencia del inglés, es una de las más típicas creencias prescriptivistas. Igualmente, es prescriptivista mantener que el andaluz es un español mal hablado, que los latinoamericanos tienen acento y que los españoles no, que «tienes» es mejor que «tenés», que «delante mío» es una aberración, y que quienes digan «andé» en lugar de «anduve» deberían colgar bajo un árbol.

Existen muchos argumentos en defensa de esta ideología, pero la mayoría giran en torno a algo parecido a «la RAE —u otra autoridad similar— así lo dice». Pero, ¿es este un argumento mínimamente sólido? ¿Acaso la RAE, o cualquier otra autoridad lingüística, puede dictaminar qué es objetivamente correcto y qué no? La respuesta es un no alto y claro. Solo se trata de un bajo ejemplo del llamado «argumento de autoridad», que no es otra cosa que el vicio de creer en algo porque alguien que tiene pinta de marisabidillo lo afirma con rotundidad. Por fortuna, la ciencia no funciona de esta manera. ¡Menuda pinta tendría si lo hiciera! La RAE puede decir misa, sentar cátedra y hasta promulgar excomuniones, que la ciencia tiene otra forma de ejercer: exigiendo pruebas objetivas.

Ahora bien, sucede que los idiomas no son entidades objetivas, como los pajaritos o las nubecitas, sino que pertenecen a otra categoría mucho más exótica que ahora está de moda llamar «intersubjetividad». ¿Y esto qué significa? Nuestro mundo está repleto de este tipo de entidades. Las leyes son realidades intersubjetivas, así como las fronteras, el dinero, las empresas, o las reglas del fútbol, del parchís y del ajedrez. Dicho de otro modo: son acuerdos a los que llegamos las personas de forma consciente o inconsciente.

Decir que un balón de fútbol está hecho de cuero es una afirmación que puede comprobarse objetivamente. Sin embargo, decir que ese mismo balón debe tener un diámetro entre 21,65 y 22,29 cm no es más que la descripción de un simple acuerdo al que han llegado los miembros de la FIFA. Cuando los niños juegan al fútbol en la calle, saben perfectamente que se pueden usar balones de tamaños distintos, que las porterías pueden consistir en dos mochilas, y que el campo puede tener una forma irregular. Para jugar al fútbol los niños no necesitan respetar las normas de la FIFA, puesto que no son objetivas ni imprescindibles, sino que lo único que requieren es llegar a un acuerdo previo sobre las normas que van a seguir. Dicho de otro modo, crean su propia realidad intersubjetiva. Si después nos apetece sumarnos al partido que están jugando los chicos, debemos aceptar sus normas. Asimismo, para ser un jugador profesional reconocido por la FIFA, debemos aceptar las suyas.

Con las lenguas sucede algo parecido. Dos personas solo podrán comunicarse si ambas conocen el mismo conjunto de reglas, es decir, hablan un mismo idioma. Pero estas reglas son notablemente flexibles porque no están en posesión de ningún organismo tipo FIFA —pese lo que les pese a los de la RAE—, sino que surgen y evolucionan en el habla diaria de las personas. En cada época, región y clase social se habla a su manera, y nosotros aprendemos aquella o aquellas que predominen en nuestro entorno. Es de este modo tan natural por el que algunas personas decimos «andé», otras «anduve», otras «manzana» con z, otras «mansana» con s, otras «apple», otras «yabloko» y otras «píngguǒ».

Sin embargo, todavía cabe preguntarse por qué demonios sigue empeñándose la RAE en ser prescriptivista (aunque es justo decir que su postura se ha moderado una barbaridad en los últimos años). Esto parece que tiene que ver con dos detallitos sin importancia. El primero es que la RAE tiene de institución científica lo que yo de marciano. En realidad, la RAE no es más que un club de escritores, poetas y periodistas de ego subido. Algún que otro lingüista también se pasea entre sus sillones, aunque si ha accedido a este club se deberá a que también cojea de prescriptivismo (a los lingüistas de verdad este club se la suda). Por lo tanto, por muy bien que se les dé juntar letras y palabras, la mayoría de sus miembros saben de lingüística lo que Picasso de cromatología. Además, no debemos olvidar que la gran mayoría son españoles —cuando el 90% de los hispanohablantes vive en Latinoamérica—, de los que ninguno hace gala de un acento andaluz, canario o cualquier otro que no sea el castellano.

El segundo detallito, este aún menos relevante, es que los prejuicios de la RAE son solo el resultado de simples contingencias históricas. Si ahora nos estamos comunicando en español se debe principalmente a que durante la Edad Media el reino de Castilla fue especialmente habilidoso conquistando tierras y casando princesas. Pero podría haber sucedido algo muy distinto. En el siglo XVI, por ejemplo, hubo dudas sobre dónde colocar la capital del reino. Una de las candidatas fue Sevilla por lo bien comunicada que estaba con la recién descubierta América, y cabe imaginar que, si hubiera salido ganadora, ahora consideraríamos al acento andaluz —o más precisamente al sevillano— como el prescriptivo, y al acento castellano como un viejo remanente medieval pobre e inculto.

Ciertamente, podría hablar de un tercer motivo, y es por el que el prescriptivismo está relacionado con creencias de tan bajo nivel moral como el racismo, el sexismo o la xenofobia, todas ellas caracterizadas por la creencia de que el grupo al que pertenecemos es gratuitamente más guapo, más listo y el que habla mejor.

Aunque tampoco conviene exagerar. Un cierto nivel de prescriptivismo, o sea, de normatividad lingüística, puede tener consecuencias positivas. El español es una lengua hablada por cientos de millones de personas y, si no hubiera una estandarización del idioma, la comunicación entre todos nosotros sería más difícil de lo que ya es. Pero eso sí, hay que dejar bien clarito que ninguna norma es objetivamente mejor que otra, y que todos tenemos derecho a hablar como nos venga en gana sin que ningún sabiondo nos tache de incultos y malhablados.

En fin, que a lo que iba con todo esto es que los constructores de lenguas debemos asumir que no existen soluciones lingüísticas mejores que otras. No hay sonidos superiores a otros —en este aspecto Tolkien cojeaba un poco—, ni formas morfológicas, prosódicas o sintácticas mejores que el resto.

Cómo crear una lengua, Editorial Berenice. También en Amazon

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